GUERRA, HOSTILIDAD y MEDITACIÓN

“ahimsâ pratishthâyâm tat sannidhau vaira tyâgah  Cuando la bondad está firmemente establecida (en el yogui), en su presencia, toda hostilidad desaparece”. Yogasutras de Patanjali II.35

Es, en estos tiempos de conflicto y desorden, donde hemos perdido el sentido común y el discernimiento y nos acercamos al borde de un abismo y a una espiral creciente de dolor y sufrimiento, cuando es mas necesario que nunca volver la vista hacia la sabiduría que antaño se legó a la humanidad: antiguos aforismos, breves y concisos, que destilan el aroma de una visión despierta y son como bálsamo para la herida y cura para la locura.

Ante lo que acontece solo cabe la atenta reflexión, la mirada compasiva y comprensiva, que no entraña juicio, ira o temor, pues de lo contrario estaremos, con nuestra reactividad, alimentando el conflicto y cargando, con mano invisible, morteros de destrucción. No pensemos que la aún lejana contienda no nos atañe, pues formamos parte de ella en modos que no comprendemos. Quizás tengamos que preguntarnos qué representación tienen estas dos fuerzas enfrentadas en el este de Europa, con nosotros y nuestro día a día, pues no podemos pasar por alto, que somos un mundo dentro de otro mundo, y al igual que en este planeta hay numerosas guerras y conflictos activos, también los hay en nuestra persona, familia o entorno cercano.

Nos guste o no, portamos el germen de la discordia, el enfrentamiento, la incomprensión, la colera y en ocasiones la destrucción de nosotros mismos e incluso de quienes en algún momento, dijimos querer. Nos sentimos amenazados tan a menudo y por tantas cosas, que acabamos perdiendo de vista la razón fundamental para ello, la de que nosotros mismos somos la amenaza. Si cada uno de nosotros pusiera el énfasis en dejar de ser un peligro potencial, un arma reactiva de destrucción, el mundo estaría más libre de hostilidad. Pero nuestros mecanismos de defensa actúan bien impidiéndonos ver las cosas como son y proyectando fuera el peligro que llevamos dentro, hasta que un día, éste, inevitablemente, se torna realidad. La continuidad en la práctica meditativa permite hacernos conscientes progresivamente de esta realidad interior que somos, al aflojar los topes o defensas, que a modo de férreas fronteras, separan, a veces drásticamente, las diferentes partes de nuestra personalidad y éstas de nuestra consciencia. Separación, que constituye, en última instancia, el germen potencial de toda discordia y fricción.

Dice el aforismo que cuando el meditador se ha establecido firmemente en ahimsa, la no violencia o bondad, si definimos el término en sentido positivo y no solo como ausencia de himsa, -violencia-, toda hostilidad desaparece en su presencia¿Qué sucede en la meditación para que Patanjali, el gran codificador del Yoga, haga una afirmación de semejante calado?.

El proceso meditativo, a través de un uso especifico de la atención, lleva la mente a niveles de menor actividad, desencadenando una respuesta neurofisiológica de coherencia -integración cerebral- y relajación. Durante la meditación de atención pasiva libre, se instaura un patrón alfa de funcionamiento cerebral, que son ondas mas lentas que el habitual patrón beta, que acontece cuando estamos despiertos, activos y orientados hacia el exterior. El patrón alfa es como un mar de fondo que permite una mayor interconexión de las diferentes áreas cerebrales e induce, no solo una menor activación -un estado más relajado de vigilia- sino un sentido de interioridad y autorreferencia de la mente y el cerebro, que nos desconecta en buena parte de los innumerables estímulos externos y nos abre a la percepción de estados interiores. Es como dejar de mirar por la ventana, para empezar a ver la estancia donde nos encontramos y la vivienda que habitamos .

La meditación produce, como consecuencia de este cambio electroencefalográfico, una moderada desactivación del sistema simpático, responsable de la respuesta de estrés, y aumenta el tono parasimpático, especialmente en su rama ventral. Este estado vagal ventral, otorga la vivencia de una experiencia de seguridad, donde es posible la conexión, la confianza, la cooperación y la bondad, a diferencia de la activación simpática que nos proyecta a una respuesta de lucha o huida para garantizar la supervivencia, surgiendo inevitablemente ciertas emociones especificas cuya función es coordinar mejor la respuesta fisiológica. Así, cuando estamos activados por el estrés, sentimos que el mundo no es seguro, y nos polarizamos entonces, entre el miedo y la agresividad, para poder huir o luchar respectivamente. Sin embargo, el contacto repetido y regular con este funcionamiento neurológico de seguridad y conexión, nos vuelve sujetos mas calmados, atentos y bondadosos, menos reactivos ante los estímulos externos o internos.

Alcanzar en la profundidad de la meditación, ese estado extraordinario de calma y lucidez, de silencio y atención, conocido como nirodha, desactiva temporalmente las tendencias reactivas y condicionadas de la personalidad y nos da acceso a la experiencia de un estado de Conciencia Pura, donde se diluyen los limites de la separatividad y la dualidad.  En este estado acontece una percepción nueva de las cosas, no contaminada por los deseos, aversiones y apegos del ego y una comprensión profundamente amorosa de la realidad. Desde este estado de comprensión y unidad con la vida, surge una cualidad en la conducta que es la bondad. Y cuando esta expresión bondadosa de nuestra naturaleza más íntima, esta firmemente establecida, más allá de cualquier circunstancia, tiempo o lugar, entonces es de tal fuerza, que no es posible, en su presencia, la discordia, mucho menos la destrucción o el daño. El meditador, establecido en esta Conciencia de integración, fortaleza y silencio interior, genera un campo a su alrededor, que impide el surgimiento de toda agresividad.

Hoy sabemos con certeza, que cuando un número suficiente de meditadores, se reúnen para experimentar en grupo, niveles más y más calmados de su neurofisiología hasta trascender toda actividad mental y  alcanzar la experiencia de Conciencia Pura, generan una influencia medioambiental tal, que las tendencias hostiles pueden ser neutralizadas. Y es que en el estado de Yoga, de unidad, no es posible que surja la oposición, porque ahí no hay dualidad.

No es posible alcanzar la paz a través de las armas, la paz solo deviene por la Paz, y ésta se encuentra en la profundidad silenciosa de uno mismo.

 

  

 

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.